
El problema no es lo que el proyecto dice. Es todo lo que decide NO tocar.
Porque mientras el discurso oficial habla de protección de menores y combate al juego clandestino, la iniciativa deja intactos varios de los mecanismos más agresivos de captación y fidelización que usan las plataformas:
❌ No prohíbe la publicidad masiva de apuestas online.
❌ No elimina los bonos de bienvenida ni las promociones para enganchar nuevos usuarios.
❌ No impide el uso de tarjetas de crédito para cargar saldo.
❌ No establece controles biométricos obligatorios para que menores no usen datos de terceros.
❌ No aborda el conflicto ético entre casas de apuestas y clubes de fútbol.
El proyecto pone el foco en endurecer sanciones contra operadores clandestinos. Es necesario, pero insuficiente. Porque el verdadero drama hoy no es solo el casino ilegal. Es la normalización social de las apuestas entre adolescentes.
Durante años vimos cómo las apuestas online se instalaron en camisetas de fútbol, transmisiones deportivas, redes sociales, influencers y plataformas diseñadas para generar compulsión. Funcionan con estímulos permanentes y recompensas variables, igual que otras conductas adictivas. Y cuanto antes se inicia un menor, mayor es el riesgo de dependencia.
Los datos oficiales ya son alarmantes: más de 1 de cada 4 estudiantes secundarios apostó dinero en el último año. Entre varones, el porcentaje supera el 35%.
¿Y las herramientas para prevenir? Ya existen. En 2024, la Cámara de Diputados dio media sanción por amplia mayoría a un proyecto que sí avanzaba sobre el problema: prohibía publicidad y patrocinios deportivos, eliminaba bonos de bienvenida, establecía controles biométricos conectados al Renaper, creaba registros de autoexclusión y limitaba vínculos entre operadores y dirigentes deportivos.
Esa iniciativa está frenada en el Senado. Si no se trata antes de noviembre, pierde estado parlamentario.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿se busca prevenir la ludopatía o simplemente ordenar el negocio sin afectar intereses económicos?
Prevenir de verdad exige medidas incómodas: prohibición efectiva de publicidad, eliminación de bonos de captación, controles biométricos obligatorios, límites estrictos de acceso, campañas masivas de concientización, educación digital en escuelas y una separación clara entre el negocio de las apuestas y el deporte.
Porque cuando los chicos naturalizan apostar antes de terminar la secundaria, la sociedad pierde algo más profundo que dinero. Pierde cultura del esfuerzo, tolerancia a la frustración y sentido del límite.
El riesgo es construir una generación criada bajo la lógica de la recompensa inmediata, donde la adrenalina del juego reemplace al mérito, al trabajo y al proyecto de vida. Ningún país construye futuro cuando convierte la vulnerabilidad de sus jóvenes en un negocio.
